Munthi extendió su brazo, arrojado, todo cuanto sobre su escritorio se encontraba, por los aires, lanzando con aquél gesto todo lo que él mismo resultaba ser, detestándolo, cuestionándose porqué tuvo que nacer como fuese que lo hubiera hecho –a estas alturas ya le parecía indeterminable- y renegando de la respuesta. No había odio en él, ya no, era más que eso, decepción, vacío, dolor, una angustia profunda y solitaria de cargar con su existencia. No buscaba comprensión, ni él mismo podía hacerlo. Es inevitable para cualquier humano tener que convivir consigo mismo, y por añadidura de la vida, lo es también el tener que cuestionarnos nuestra propia existencia en ciertas ocasiones, pero créame usted; ninguno como Munthi tiene tanto miedo de vivir con lo que es realmente, conociendo su yo en profundidad y sabiendo que no lo puede llevar, luchando a cada segundo consigo mismo.
Había pasado bastante tiempo sin lanzar las cosas, sabía lo que seguía, estaría tan comprometido con corregirse y no perder el control que tendría a ello que sumarle ser un desastre dañino en alguna situación social, por ende, tener que ocultarse lo más rápido posible de cualquier contacto con otros humanos, especialmente con aquellos por los que siente aprecio real. Por otro lado ser un desastre social le resultaba mucho más fácil que llegar al punto de lanzar las cosas, sólo que el saber que se sobrepasó a sí mismo le genera un alivio macabro. Su máxima reside que en que nada vale tanto como el yo, siéndole imposible concebir que el resto no lo asuma de la misma forma. Si se sumara en tan solo una línea, el tiempo que Munthi ha pasado solo por esta razón daría dos tercios de toda su existencia, sin embargo sentía que era capaz de abstraerse del todo, comprenderlo y salir del círculo. Estar solo lo calma, y hasta ahora es lo mejor que puede pasarle, definitivamente no es la perfección, pero al menos logra no sentirse tan tenso, pensar con más soltura, pensar realmente, cuestionarse, replantearse, enfrentarse, deshacerlo todo y recompensar los datos mal situados, porque en el fondo el orden de los factores sí altera el producto, lo comprende, sin embargo hasta ahora no ha logrado la combinación perfecta. Ha descartado varios datos, asumiendo que una sola materia no puede ser el todo, entre ellos la religión y hasta ahora nunca lo ha reconsiderado.
Sus sentimientos son intensos, de una pureza arrogante, nobles a un nivel imposible de caricaturizar que le han generado defensas, barreras no muy altas ni muy seguras, pues sus ansias de dar con la clave y el éxtasis que le produce jugar con la idea de que lo ha logrado pueden transformarse en un evidente y letal defecto. Como la religión, posee también un dato inamovible y es que el equilibrio, para ser tal, se consigue acompañado. Eso, es algo que le tortura, reconociéndose.
Una y otra vez Munthi ha visto el amanecer mientras experimenta su existencia sin hacer nada físico fuera de fumar y beber café y sintiéndose agotado, sin energías, comenzando a enloquecer ¿Contra qué lucha el escritor? ¿El ego, la hoja en blanco, el deseo de perpetuarse? ¿Contra el silencio? Evidentemente son preguntas demasiado genéricas como para contemplar tan sólo una respuesta, mas éste escritor, Munthi, lucha contra sí, contra la soledad incomprensible, su filosofía de vida incomprendida, su interés en que nada malo/maldad pueda salir de él imposible de comprender. Es tan necesario sentir para escribir como respirar para vivir, y hay tan poco que con todo lo que sabe él sea capaz de sentir como lo sueña, que no se le puede culpar por embaucarse en sensaciones de vez en cuando ilusionado con la idea de que todo lo que ha logrado sea un gran error.
Todo está bien hasta que arroja las cosas, o dicho de otra forma; tiene que escribir. Sus deseos por hacerlo, lo sabe, no son azarosos, y antes de ellos está la profunda tristeza, pena por la vida, por el todo, algo que va más allá de él, el peso de ser, la responsabilidad enorme que es existir, de la forma en que lo hacemos, y con tan pocos recursos para hacerlo bien, la crueldad que significa el ser obligado a pararte delante de la línea de fuego y la conciencia de saberlo hacen cada cierto tiempo que este escritor escriba, más su búsqueda es para no tener, nunca más, que hacerlo.
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