jueves, 3 de mayo de 2012

En el vientre un motor


Tuve miedo. Aquella noche sentí el frío que recorre la espalda del cual hablan todos los que vez alguna también han sentido miedo. Tuve miedo, y lo sigo teniendo ahora. El miedo no es tan sólo una sensación, es algo más que eso, mucho más, es como un disfraz que se queda pegoteado al cuerpo, o como la máscara que le deja a los dedos la cola fría cuando se hacen artesanías. Cuando lo sientes por primera vez lo sigues sintiendo en la vida, si te ha dado miedo una almohada, por ejemplo, es probable que en adelante cada una de las almohadas que veas te traiga el miedo prematuro de vuelta, aunque ésta almohada sea buena, mucho más confortable y con colores brillantes, a la memoria sólo le importa su condición esencial; ES almohada. Supongo algo similar pasa con los humanos, y es que tenerle miedo a los botones es mucho más cómodo que temerle a los humanos, es cierto que los diseñadores de vestuario se han empeñado en hacernos dependientes de los botones, pero no son algo de lo cual no se pueda escapar, existen para bienaventuranza de esta condición los cierres, o los cierres americanos que suenan además tan bonito, pero los humanos ¿cómo se escapa de ellos?
Desde hace algún tiempo he estado cambiando de ciudad constantemente, en búsqueda de espacios menos viciados de la presencia humana, cada vez he tenido que internarme más para poder huir, y es que los humanos siguen apareciendo. Tengo miedo, no lo puedo evitar, cada nuevo tranquilo hogar que he tenido ha sido placentero por poco tiempo, y luego comienza de nuevo la explosión, siento como me siguen, lo sé, me están vigilando, no me dejan tranquila, quieren enloquecerme ¡me desesperan! Vienen y se llevan todo lo hermoso que queda de vivir en sociedad.
Cuando un pequeño grupo de personas vive en comunidad es tranquilo, se reparten las tareas, no viven juntos claro, pero la división del trabajo social puede presenciarse como un acto divino, pero luego ya comienzan a aparecer más y más humanos, con sus cabezas repletas de infecciones que se propagan sin cura, quedando el lugar que fuese tranquilo convertido en el infierno. Si hubo unas cuantas tiendas de ropa, dos o tres restaurantes, un Servicentro, una que otra botillería ubicados en dos o tres cuadras de la ciudad, con la llegada de los humanos todo eso queda en el recuerdo, pronto comienzan a aparecer los grandes edificios desde donde me vigilan, tienen ventanas por todos lados, en cada una de las habitaciones de sus cientos de pisos, me miran y yo no puedo devolverles el repudio que me causan, cuando intento ver quién está detrás de toda esta conspiración, el destello del sol me pega justo en los ojos, dejándome un poco más ciega.
No sé si mi propia desesperación es más de temer que los actos de la humanidad, después de todo también les pertenezco en cuanto a la esencia se refiere, pero les pertenezco tanto como lo hago a los árboles, ríos o mares, y con estos últimos siento mucha más empatía. He pensado varias veces en entregarme, simplemente rendirme, ellos me siguen, destruyen todo y me obligan a vivir en su miseria, por más que huya siempre llegan a mi refugio contaminando, atacando, poniendo sus máquinas donde hubo personas y personas donde hubo tristeza. Luego me tranquilizo un poco y doy cuenta de lo estúpido de mi pensamiento, ¿entregarme?, como si lo necesitaran, siempre saben dónde estoy, las cosas que leo, la comida que consumo, las obras que tiro a la basura, mis planes, ¡todo!, ¿cómo entregarse a quién te tiene preso? ¿qué más puedo hacer? Tengo miedo, los humanos me están matando.
Lo que no entiendo es por qué no vienen, me dan una golpiza, me violan y después me matan, o me matan primero, como quieran, por qué darme tanto sufrimiento antes, porqué atentan contra mi espíritu que nada les hace y todo lo que ofrece es bondad, y no hacer nada contra lo que realmente les molesta, mi ser físico. Siempre me he mostrado como una mujer contraria a la violencia y he manifestado pública y tajantemente mi oposición a las torturas, pero tengo tanto miedo que lo prefiero, y es que esta crueldad que practican los humanos en mi contra se lleva mi alma, me está dejando caer en ácido el espíritu y volviendo al arte un producto de las máquinas.
Hace unos años huí hacia un lugar cercano al mar donde el bosque era frondoso, el canto de los pájaros hermoso y la comida saludable, la gente por su lado amorosa como suele ocurrir en el sur de mi país, hospitalaria y alegre, con el ímpetu latinoamericano tan sabroso. Hasta allá llegaron los humanos, primero comenzaron a buscarme entre los árboles arrancándolos uno a uno y llevándoselos en inmensos camiones ruidosos y dañinos para las rutas simples que utilizábamos con nuestras bicicletas o automóviles ligeros, como no lograron verme porque me escondí muy bien comenzaron a reponer lo destrozado, una reposición ordinaria y mal intencionada como suele ocurrir con esta clase de seres; árboles que no eran de la zona, que crecían rápido y mataban la tierra y que cada tanto sacan nuevamente y vuelven a poner, y es que cuando no me encuentran en un lugar cada cierto tiempo vuelven a intentarlo por si es que he regresado. Después se les ocurrió que podría estar bajo el agua, que es algo que nunca he intentado, no por falta de ganas que me sobran sino por lo obvio, falta de recursos, y es que vivir bajo el agua es una inversión mayor. Instalaron una gran planta que introducía enormes brazos en el mar, como una especie de túnel submarino, desde ahí lanzaban desechos a las aguas con la intensión de que se repletara el espacio y saliera a flote, no tuvieron suerte, pero la planta sigue ahí. También intentaron que atendiera sus nubes de humo, como si no supiera yo lo que pretendían, me enojé, es cierto, eso lo lograron, ver el cielo repleto de humaredas no fue nada grato, además quemaban tanto para lograr mi atención, como si no la tuviesen. Fue triste ver bosques, mares y cielos destruidos. No pude seguir allí y cambié de ruta, estaban demasiado cerca.
Llevo años huyendo, plantando bondad, alegría y motivación en cada lugar que piso, para que después lleguen los humanos y arrasen con todo, sin prestar atención. No puedo seguir porque ya no hay lugar donde ir, están por todos lados, no hay fronteras para los humanos y sus ejércitos que crecen cada día más. Me han invadido y saqueado, me han robado, oprimido, quieren que me vuelva un ser triste, que viva en y por la miseria, me miran a los ojos y no es ardor lo que veo sino risa,  me han hecho esclava en un mundo que habla de libertad, me extorsionan y denigran, me descalifican y torturan, me quitan el alimento y me contaminan el agua, lo hacen aquí y en el resto del mundo, lo hacen sin que nada pueda hacer. Me han dejado sin espacio para huir. ¡Tengo miedo! Mis palabras han caído en precipicios por culpa de sus sordos oídos o sus mentes mal configuradas, y todo cuanto he hecho se lo ha llevado el camión de la basura, junto con los residuos industriales, como si  mi arte y su miseria en el fondo fuesen lo mismo ¡me persiguen para reírse de mí!
Hace unos meses he decidido esconderme, reflejo del infortunio en que me han acorralado, ¡esconderme!, huir es una cosa muy distinta a esconderse, cuando uno huye es porque de alguna manera algo tiene para combatir, huir es arrancar de aquello que no se quiere porque existe un lugar donde no está, los judíos huyeron a los países donde podían estar tranquilos, lo mismo los comunistas o aquellos que pertenecieron a la ex Yugoslavia, ninguno de ellos pensó que la catástrofe es esto. Esconderse es distinto, es aceptar que nada hay en común entre el todo y el yo. Si no se entiende, esconderse es no querer estar en el todo pero seguir viviendo, es repeler todo lo que el humano ha puesto en el planeta y al humano mismo. Yo me escondo, como si me hubiese convertido en una bestia de la oscuridad.
El dilema del querer también es complicado, implica voluntad, y en mi caso una voluntad implícita, yuxtapuesta, externa e interna a la vez, una voz fantasma, no de lo que no habla, sino de lo que no se puede comunicar, esa voz que no tiene sonido pero que existe, que ya la siento y cuando la escuche por primera vez será como reconocerla, la voz tendrá un rostro y será hermoso, como el sol entre nubes rojisas y anaranjadas en un cielo azul, y tendrá un alma que sin duda será noble, pura como el infinito, un alma frágil que me hace tiritar cuando la pienso, vulnerable, mi cara expresa terror.
Tengo miedo, como nunca lo había conocido, estoy sola, rodeada, sin armas, hace meses me escondo en la fortaleza del destino, estoy dañada con una bomba en mis manos. Tengo miedo. Los humanos están por todos lados, ya lo sé yo que pude vivir los resabios del planeta no infectado y que he vivido la pandemia, no encuentro forma de escapar de esto. A esta existencia estoy trayendo otro ¡me enloquecen!



He comprendido, lo peor es entenderlo; la vida es un juego que se acaba cuando les das otro con quien jugar y pasas al otro lado.

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