jueves, 10 de febrero de 2011

33.- El error sobre la vida, necesario a la vida.

Toda creencia sobre el valor y la dignidad de la vida se basa en un pensamiento inexacto; tal creencia sólo es posible porque la compenetración con la vida y con todos los dolores de la humanidad se han desarrollado muy débilmente en el individuo. Hasta los pocos hombres cuyo pensamiento se eleva generalmente por encima de ellos mismos, no abarca con la mirada a toda la vida en conjunto, sino que se limitan a ciertas partes. Cuando se es capaz de dirigir la observación a las excepciones, es decir, a los grandes talentos y a las almas puras, considerando que el fin de toda la evolución es producirlos y se disfruta con su acción, entonces se puede creer en el valor de la vida, porque no se atiende a los demás hombres: por consiguiente, se está pensando de un modo inexacto. Igualmente, si se abarca realmente con la mirada a todos los hombres, pero, de ellos, sólo se concede importancia a una clase de instintos, a los no egoístas, y se les justifica en relación con los demás instintos, entonces se puede también esperar algo de la humanidad en conjunto, y creer, en esa medida, en el valor de la vida; pero también en este caso ello se debe a un pensamiento inexacto. No obstante, ya actuemos de una forma o de otra, siempre seremos por ello una excepción entre los hombres. Ahora bien, la gran mayoría de los hombres soporta la vida sin lamentarse demasiado, creyendo así en el valor de la existencia, pero ello se debe precisamente a que cada cual se quiere y se afirma a sí mismo, sin salir de él como las anteriores excepciones: todo lo que no es personal, o no lo perciben o, a lo sumo, lo perciben como una débil sombra. De este modo, para el hombre corriente, el valor de la vida consiste sólo en autoconcederese más importancia que al resto del mundo. La enorme falta de imaginación que sufre hace que no pueda penetrar por medio del sentimiento en otros seres y por eso comparte lo menos posible su suerte y sus dolores. En cambio, quien realmente pudiera compartirlos, debería desesperar del valor de la vida. Si lograra comprender y sentir en sí mismo la conciencia total de la humanidad, prorrumpiría en maldiciones contra la vida, porque la humanidad en conjunto no tiene ningún fin y, por ello, cuando examina su marcha total, no puede encontrar en esto consuelo ni reposo, sino desesperación. Si considera en toda su importancia el hecho de que la humanidad carezca de un fin último, su acción personal adquirirá ante sus ojos el carácter de la prodigalidad. Ahora bien, sentirse como humanidad (y no sólo como individuo prodigado), al igual que las flores aisladas que la naturaleza prodiga, constituye un sentimiento superior a todos los sentimientos. Pero ¿quién es capaz de eso? Solamente un poeta: y los poetas saben consolarse siempre.

"Humano, Demasiado Humano"
Friedrich Nietzsche

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