Pretenden ser varias páginas las escritas en tu nombre.
Es extraña toda la cantidad de tiempo
que te he pensado
desde que te vi,
desde que pensaba en lo perfecto
que sería lo imposible.
Será como una conversación de nosotros
pero sin ti
ahora que no estás
y he aprendido a mencionar tu nombre
en medio de tus labios
confundiéndose las lenguas en un baile
que sólo ellas conocen
como si alguna vez se hubiesen visitado
como si alguna vez hubiesen pensado en encontrarse.
Estoy abandonando los escudos de la retórica.
Tu mano que calza como guante con la mía.
Y, a veces, te acercas
y nos miramos a los ojos
como si en eso se nos fuera la vida.
Me gusta tu nombre,
lo estoy gastando,
siempre lo gasto
es que me gusta
y no creo que se gaste tanto.
Hasta que la fuerza centrífuga nos separe.
Te sale demasiado natural ser lo que pensé no existía.
Aún quisiera hablar contigo mirándote a los ojos
intentando que el verbo frôler sea desvergonzadamente real
y que por poco pareciera que no tenemos sino una boca
una que a veces por chistosa se reparte entre nosotros.
Está todo esperando a que nos reunamos
y volvamos a detener el tránsito
con un abrazo subrepticio
que deje a los peatones sin habla.
Si me apresuras te diré que has reconocido
que somos como la esquina que nos faltaba por doblar,
como un ventanal que no hubiéramos abierto hasta antes de ese
último piso, fuente de últimas oportunidades, verdades, revelaciones.
Así nos debemos ver para los de afuera, para cualquiera,
como reconociendo que por ahí quedaban manillas clausuradas y que
atreverse a abrir una no era cobardía, que merecíamos hacerlo,
como merece el capullo quebrarse.
Si debo decirte algo rápido diré
que se han derretido las paredes, que se han suicidado los tejedores
del país, que los ministros han movido sus cabezas de manera negativa,
porque las cifras macroeconómicas no alcanzarán a reflejar este mes
el error. Error, que se ha apoderado de una parte
de las prendas de vestir gubernamentales y que desnudará a los
compatriotas con escupos a sus celdas mentales.
No reflejará este mes la economía como
se potencian y se esconden, se camuflan, se hacen uno, se destrozan en miles
se miran, se besan, se tocan, se alejan.
Como esta falla que somos nosotros,
avanzará subterránea mientras la alegría
desbordará los barandales de la moral y las buenas costumbres,
y más de algún puritano pedirá perdón
por las circunstancias que rodea(ron-ran)n al error sublevado,
y mirando el cielo exigirá nuestra expulsión de la iglesia que
quemamos en cada abrazo matutino.
Soy honesta cuando me paseo sin pensar en qué pasará
y no es que me moleste, es que no me importa,
todos podrán saber las realidades de cartón,
pero a nadie le creemos. Yo me arriesgo, porque un naufragio contigo
es más esperanzador que tantos y tantos puertos,
que la seguridad de los yet, que tantas precauciones policiales.
Mientras me pueda perder en tu pupila,
mientras te robe tu nariz para que no desconfíes.
Que el viento nos lleve a donde quiera.
Y que nos tire juntos o qué se yo. Pero que me den
tres segundo más contigo, tres segundos siempre,
tres segundos como diez siglos.
Siempre serán tres segundos, siempre insuficientes
por eso no pienso, por eso te pido un abrazo.
Te me has hecho escaso,
se me está agotando el calor que quedaba de tus manos,
de a poco escurre el aguardiente que me dejaron
tus labios, y de aquí a la hora de dormir falta tanto.
Y escucho como tu voz me llama,
escucho la sincronía de nuestros brazos
pero también el misterio de lo indispensable.
Lo impregnado que has quedado
bajo mi piel.
Te quiero regalar lo que seremos,
lo que seremos mañana (no más allá).
Mañana, cuando vuelvas y en medio de un abrazo
nuestras bocas arremolinadas
pidan que al terminar nos esperen
nuestras manos y que sumergidos en un abrazo,
podamos volver a comenzar.
Estaba todo tan bien,
tan preciso,
tan imperfecto,
tan incorrecto,
tan nosotros.
A través de tus ojos la realidad
sufrirá una curvatura irrealizable
y el orden sacrosanto que asfixia se sentirá desvalido
como un niño,
perdido, asustado,
como cada vez que nuestros labios se encuentran
por las mismas misteriosas razones
que nos hicieron hablarnos
decir tantas cosas sin articular palabras.
Mi vicio favorito.
Es como si la fuerza que nos juntó por primera vez
se fuera haciendo más y más potente,
hasta que terminemos siendo uno
o nos repelamos.
Quiero que nos confundamos en uno para siempre,
que tu voz adormezca mis sentidos,
que se sepulten tus labios en mi piel, la misma que de siempre
susurra tu nombre.
Quiero que se nos atoren los pecados,
que desmitifiquemos el paraíso, que de a poco
transformemos a azul el color de la tierra.
Que todo se nos vuelva espirales,
mientras mi mano acaricia tu pelo,
que las cadenas se fundan en tus manos,
que miremos a los ojos a quienes los esconden de vergüenza,
que nombremos de nuevo todas las cosas
y que las reconozcamos sólo nosotros,
sólo nosotros a la vuelta de la esquina, sólo
nosotros agotando el país, y la vida que se cuela en las murallas
y en todas las velas que se duelen por las veredas.
Podríamos viajar las viejas heridas a costa
de nuestras costillas. Pero juntos, rompiendo en la cara del
manto sacrosanto nuestro abrazo desmedido,
para que se humille de envidia y de falsedad el ministro
que impone la costumbre de no ser feliz en el rostro de los hermanos.
Que no sé si queremos, pero que al menos abofeteamos
para que el espasmo del día a día
se le haga menos rutinario y se pregunte de vez en cuando
si también les está permitido correr por medio del parque
o detener a los transeúntes con un te quiero descomunal.
Te me has vuelto tan importante en un giro descomunal de los minutos
como de una manecilla de reloj que se volvió loca.
Inexorablemente ha de pasar el tiempo.
Esto es algo sin forma
que quiere significar cariño
que quiere ser corona,
que quiere ser un inicio.
Yo recordaba algo como esto, pero con género, digamos, invertidos.
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