Hay como una súbita alegría, una diversión desbordante
sobre todo en esos pequeños momentos de desconcierto galáctico
de desconsuelo planetario, de perplejas caras de luna.
Pequeños momentos poli rítmicos, rebosantes de matices, de tonalidades
y texturas, sobre todo eso, texturas.
Y es, sin duda, una amalgama de la piel,
del sutil estupor ancestral
y recorren las envidias vecinas ante la celebración de la vida,
ante la resistencia a la derrota jamás aceptada.
Quizá, cuando tus manos se trenzan con las mías,
como aferrándose antes de caer en el precipicio conocido.
Tal vez ahí, el mundo entiende hacia donde debe girar,
y luego cuando exhalas
cuando susurras, cuando nuestro aliento vuelve a confundirse,
y la parte de nosotros que ha quedado en órbita
de cualquier planeta, en cualquier galaxia,
vuelve a murmurarnos al oído un cariño mutuo,
un amor soterrado y temeroso.
Tal vez en ese momento, mi boca adquiera la forma indicada
sólo ahí, señalando la locura de pensarla sola
la insensatez de creerla autónoma.
¡No! dice con pletórica alegría,
mientras toma posesión de esa otra boca,
que estando en frente se le ha hecho imprescindible.
Y ellas se toman por la cintura,
y desean que la separación sea tan sólo un mito.
Jamás fuimos hechas para comer, han de reclamar,
mientras se encadenan hasta las últimas consecuencias,
hasta la llegada de las fuerzas del tiempo o del ahogo,
que con su insistencia policiaca harán que ellas
falseen nuevamente su rol, y se separen.
Al mismo tiempo, las vueltas exageradamente rápidas
del globo terráqueo, centrarán la atención en las antenas satelitales
en las piernas juguetonas, escondidas, difusas, recónditas,
que se miran sin ojos, que se aprenden,
que pareciera que no son cuatro piernas sino una aleta,
surcando armónicamente el intersticio acuático de nuestras sábanas.
Yo, en cualquier instante, osaré descubrir la cartografía,
tal vez dejarme llevar por los caminos que te cruzan,
quizá hasta cuándo, quién sabe hasta dónde.
No me molesta la idea de perderme, no sé si te moleste a ti.
Creo que es la única forma de conocer.
Y mirarán de lejos cómo me extravío a propósito
por los tiernos rincones
de ese planeta, que vocifera tu nombre, que propaga tu voz.
Y es tan probable que a la vuelta del sol,
cuando haya dejado de envidiarnos, cuando deje de taparse los ojos
ante nuestra vista, mientras nosotros nos los tapamos ahora,
durmiendo, soñando que estamos juntos (como lo estamos).
Es tan probable que al doblar
en las esquinas de todos esos lugares que no somos nosotros,
de todos esos mundo que no son ni tú ni yo.
Se fragüe en las sonrisas,
la determinación de nuestra sentencia,
de nuestro veredicto, de nuestra condena.
Que nos confinen al castigo eterno, por envidia o
falta de cohetes para ir a visitarnos
para lograr ver tu cara en la insistencia de la belleza,
en la emancipación de lo que me niegas tener,
mientras mi mano se desliza descarada, hasta tu manilla.
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